Cada vez que hablamos de resistencia a los antibióticos pensamos, casi de forma automática, en nuevos tratamientos. Sin embargo, hay una herramienta preventiva que también desempeña un papel esencial: las vacunas.
Esa idea resume muy bien el enfoque que hoy defienden los principales organismos internacionales: la resistencia antimicrobiana no se combate solo con más antibióticos, sino sobre todo con más prevención. Esa prevención incluye vacunación, control de infecciones, higiene, vigilancia y una coordinación real entre salud humana, animal y medioambiental.
¿Qué es la resistencia a los antibióticos y por qué preocupa tanto?
La resistencia a los antibióticos aparece cuando las bacterias desarrollan mecanismos que les permiten sobrevivir a medicamentos que antes eran eficaces. El resultado es que infecciones comunes pueden hacerse más difíciles de tratar, durar más tiempo, causar más complicaciones y aumentar el riesgo de hospitalización o muerte. La OMS considera la resistencia antimicrobiana una de las grandes amenazas mundiales para la salud pública, y estima que en 2019 la resistencia bacteriana fue directamente responsable de 1,27 millones de muertes y estuvo asociada a 4,95 millones.
El problema no depende solo de cómo se usan los antibióticos en hospitales o centros de salud. También influyen la transmisión de bacterias, la prevención insuficiente de infecciones, el control inadecuado en entornos sanitarios, el uso de antimicrobianos en animales y el impacto ambiental. Por eso se habla cada vez más de One Health, una visión que entiende que la salud humana, la salud animal y la salud del entorno están conectadas.
¿Qué tienen que ver las vacunas con las bacterias resistentes?
Mucho más de lo que suele pensarse. Las vacunas ayudan frente a la resistencia a los antibióticos porque evitan infecciones antes de que ocurran. Si una persona no enferma, no necesita antibióticos; si reduce el número de infecciones en una comunidad, también disminuyen la transmisión, las complicaciones y la presión que favorece la selección de bacterias resistentes. La OMS resume este efecto de forma clara: las vacunas previenen infecciones tanto sensibles como resistentes, reducen el uso de antimicrobianos y pueden limitar la expansión de los patógenos resistentes.
En 2024, la OMS estimó que un mejor uso de vacunas frente a 23 patógenos podría reducir el consumo mundial de antibióticos en un 22 %, lo que equivale a 2.500 millones de dosis diarias definidas al año. Es un dato especialmente relevante porque muestra que la vacunación no solo protege a cada individuo, sino que también contribuye a preservar la eficacia futura de los tratamientos.
Vacunarse también es una forma de proteger los antibióticos
Durante años, el mensaje principal sobre vacunación ha sido evitar enfermedad grave, ingresos y muertes. Todo eso sigue siendo cierto. Pero hoy sabemos además que la inmunización puede tener un beneficio añadido: ayudar a que los antibióticos sigan funcionando.
Esto ocurre por varias vías. La primera es directa: menos infecciones bacterianas significan menos necesidad de tratamiento antibiótico. La segunda es indirecta: cuando bajan determinadas infecciones respiratorias y otras enfermedades que generan consultas o complicaciones, también puede disminuir el uso innecesario o empírico de antibióticos. La tercera es comunitaria: algunas vacunas reducen colonización, transmisión o circulación de patógenos, lo que baja la probabilidad de que las cepas resistentes se diseminen.
Dos ejemplos muy claros: neumococo y meningococo
Neumococo: prevenir infección y reducir presión de resistencia
El neumococo es una bacteria que puede causar otitis, neumonía, bacteriemia o meningitis. La colonización nasofaríngea del neumococo desempeña un papel central en su transmisión y tiene una gran relevancia en la selección de resistencias frente a antibióticos cuando esas cepas quedan sometidas a presión antibiótica.
Por eso, la vacunación frente al neumococo es especialmente importante desde la perspectiva de salud pública. En España, la vacunación neumocócica forma parte del calendario vacunal a lo largo de la vida, incluyendo la infancia y la recomendación en personas mayores.
Meningococo: cuando la prevención no puede esperar
La enfermedad meningocócica invasora puede progresar con rapidez y convertirse en una urgencia vital. La medida más efectiva frente a esta enfermedad es la vacunación sistemática desde los primeros meses de vida y en la adolescencia. Además, algunas vacunas meningocócicas conjugadas actúan sobre las bacterias presentes en nariz y garganta, reduciendo el estado de portador y la probabilidad de transmisión, lo que aporta también protección comunitaria.
En el calendario de vacunación español vigente se incluyen recomendaciones frente a meningococo B, meningococo C y MenACWY en distintas etapas de la vida.
Una idea clave para la ciudadanía
A menudo se presenta la vacunación como una decisión individual. Pero en realidad es una herramienta colectiva. Cuando una sociedad previene mejor las infecciones, reduce la necesidad de antibióticos y limita la circulación de bacterias, está protegiendo algo muy valioso: la posibilidad de seguir tratando eficazmente enfermedades que hoy damos por controlables.
Por eso, hablar de vacunas y bacterias resistentes no es mezclar dos debates distintos. Es entender que forman parte del mismo reto sanitario. Vacunarse también es cuidar el presente de la salud pública y el futuro de los antibióticos.